
El inicio de un proyecto parte de un diseño arquitectónico; por otro lado, la realización y puesta en construcción depende en un porcentaje importante del proyecto estructural, donde se definen la disposición de elementos, forma, diseño y materiales que permitirán que la estructura tenga una configuración adecuada para su correcto comportamiento ante fuerzas externas permanentes y eventuales a las que estará expuesta.
Desde su concepción, los proyectos sufren diversas modificaciones arquitectónicas con el propósito de refinar detalles o modificar drásticamente zonas para lograr el diseño deseado. A menudo, estos cambios se generan al momento en el que el desarrollo del diseño estructural ya tiene un avance importante, haciendo necesarios cambios locales o desafortunadamente un cambio total; esto tiene como consecuencia pérdida de información ya generada.
Una buena comunicación entre el arquitecto y el ingeniero estructurista, significa una retroalimentación bilateral de conocimientos, experiencia y recomendaciones; un tránsito de opiniones que confluya en el proyecto raíz a partir del cual comenzará el proceso de desarrollo del proyecto estructural. Lo anterior conllevará a un desarrollo óptimo logrado en los tiempos estimados, donde toda la información generada sea la esperada y la definitiva, evitando con esto, costos extras y tiempos muertos.